jueves, 28 de junio de 2012
Baudrillard tenia razón
domingo, 24 de junio de 2012
Soledad
lunes, 9 de abril de 2012
Balas Perdidas
Las risas de los niños en la calle son enmarcadas por la música del celular de uno de ellos, todos toman cerveza, fuman y ríen. Viven su juventud sin inquietudes ni grandes problemáticas. Sus pantalones de mezclilla están sucios por la “cascarita” que acaban de jugar, sus tenis gastados por el uso constante, en su cuello un escapulario de San Judas Tadeo que presumen con orgullo; su cabello rapado forma figuras de ladrillos y líneas en las sienes.
En el suelo están tiradas sus mochilas y uniformes de secundaria. Los niños se fueron de pinta y han tenido un gran día. Se fueron a jugar video juegos en la casa de uno de ellos, fueron a la casa de otro a bailar con sus amigas, jugaron futbol y ahora el grupo esta simplemente en una esquina disfrutando de anécdotas y bromas secretas.
--Bueno cabrón, ya sácala. –Dice con alegría uno de los niños.
--Psss ¡estate! No la voy a sacar ahorita cabrón. –Contesta el más alto de ellos, su rostro se nota más duro que el de los demás, su vida no ha sido tan sencilla como los otros imaginan, su familia se ha encargado de eso.
--¡Andale! no seas puto.
--¿Quieren verla?
--Si
Contestan todos al mismo tiempo. Emocionados por la aventura de lo prohibido.
--Está bien putos aquí esta. Dice el más alto de ellos mientras saca el frio metal de una pistola 9 mm.
La pistola es vieja, sucia y está mal cuidada, sin embargo para los niños es preciosa, brilla a la luz de la luna con el misticismo de un instrumento creado para matar.
Todos guardan un silencio supersticioso. No pueden dejar de verla sin miedo y reverencia.
--Mi Tio me la trajo de El Otro Lado, dice que él tiene un cuerno de chivo, este fin de semana me dejara usarla, pero me dio esta para acostumbrarme.
--¿Y tiene balas?
--Obvio que si idiota, una pistola debe estar siempre lista para usarse.
El niño más alto voltea a ver sus amigos, nota el asombro y le gusta la atención. Con la pistola se siente fuerte y seguro, es un guerrero valiente y todos le tienen miedo. El alcohol en sus venas lo llena de calor y empuje.
Grita con una fuerza salvaje, todos lo siguen. Y lanza el primer tiro al cielo, el segundo y el tercero. Un perro ladra a lo lejos, las ventanas se cierran y las personas a su alrededor se alejan del grupo de niños. Todos se dan cuenta y empiezan a gritar a su vez, ríen y brincan alrededor del niño con la pistola.
–Ahora les daré un plomazo cabrones.
Entre risas todos agarran sus cosas y se echan a correr. El niño con la pistola los persigue mientras dispara al cielo, aúlla y siente el frenesí de la cacería.
Después de la cacería todos están cansados, de tanto reír y de tanto jugar, se tiran al suelo en la esquina de su calle mientras recuperan el aliento.
–Necesito un cigarro.
Dice uno mientras, se toca el pecho, le cuesta respirar; otro niño le avienta la cajetilla y el encendedor.
Con humildad el más jóvenes de los niños se acerca al niño con la pistola y le pregunta bajito para que nadie oiga.
¿qué se siente disparar?
--Es la puta onda, te hace sentir seguro, cabrón.
--¿Puedo disparar?
El niño con pistola lo observa, lo desnuda con la mirada, está midiéndolo ¿será suficientemente hombre para hacerlo? El más joven de los niños adivina las dudas y dice
–Prometo entregártela rápido solo un disparo, soy un hombre cabrón.
--Esta bien, pero solo un disparo.
--Si, lo prometo.
El niño más joven toma la pistola, es más pesada de lo que había imaginado, pero aun así logra sostenerla con cierta maestría. No deja de observarla ¿qué estará pensando? Se preguntan sus compañeros y empiezan a burlarse de él, hay risas, bromas y pequeños golpes en los hombros.
Un ruido ensordecedor calla a todos, la gente se asusta y corre, algunos más valientes se acercan para ver que sucedió. El niño más joven esta cubierto de sangre y pólvora, pero no es su sangre, es la sangre del dueño de la pistola. Todos lo demás jovencitos se quedan congelados, en una fracción de segundo sus rostros vuelven a mostrar el miedo inocente de su edad, miedo por la impotencia que creían haber superado, pero al reaccionar con lagrimas en los ojos se echan a correr, huyen del monstruo que mato a su líder, huyen de las consecuencias y de todo mal.
--Te dije que era cabrón, pendejo.
miércoles, 15 de febrero de 2012
Pequeñas Tragedias
“La gente está a mi alrededor, todos con sus caras de tristeza, todos evitando la mirada, el contacto. Tienen miedo. Sin embargo yo no era como ellos, sentía la brisa del mar cada mañana, el sol acariciar mi piel y en mi vida siempre existía la música de su sonrisa, no importa qué sucediera, sabía que estaba contigo, no importa qué problemas enfrentáramos, sabía que el amor solucionaría todo… hasta que dejó de hacerlo.
El metro sólo acentúa mi soledad, esta tumba que no me permite olvidar lo que una vez tuve y ya nunca tendré.
Paso todo el día pensando en ti. ¿Cómo pudiste hacerlo? ¿No me amaste? ¿Acaso nunca lo hiciste? Quisiera volver a tenerte entre mis brazos, sentir el calor de tu cuerpo, la melodía de tu risa. Estaba completo, no me hacia falta nada cuando estaba a tu lado, estoy solo, te extraño.
Salgo del metro y el calor ya no es una caricia, es un golpe en mi rostro, quiero encerrarme en mi cuarto y nunca salir, tapar las ventanas y olvidarme de todo, pero mi madre no me dejaría, sospecharía que no estoy bien y no quiero molestarla, no quiero que me haga incesantes preguntas sobre lo que me pasa.
Camino a mi casa y la mochila me pesa como nunca antes, libros y apuntes de cosas que no me interesan, sólo me interesaba ella, sin embargo mañana tengo exámenes finales, aun así no tengo cabeza para estudiar, ¿cómo puedo estudiar con el corazón roto? Es imposible.
Pienso en la frase: “Si amas algo déjalo ir, si vuelve es tuyo, si no, nunca lo fue”. Pero yo no la dejé ir, ella me dejó, por un tipo que no la merece, un tipo que la tratará mal, jugará con ella y luego la olvidará, pero estaré ahí esperando a que vuelva a mi lado, siempre esperándola, siempre en un rincón oscuro de este triste y monótono mundo, esperando que un día vuelva y todo sea como antes. No es un sacrificio pequeño por el verdadero amor, eso me hace valiente, ¿no? Un caballero del amor, sólo espero que en verdad vuelva, por favor que vuelva y así este...”
El joven calla sus pensamientos, pasa unos segundos en la entrada de su edificio, la vida a su alrededor se ha vuelto silencio, no escucha los autos pasar, el ruido de la cotidianidad, sólo siente el frio recorrer su espalda: Algo no está bien. No puede entrar al edificio y no entiende por qué.
Por fin logra superar ese escalofrió y entra al edificio, adentro está helado, las escaleras viejas que suben a su departamento en el 4º piso le parecen eternas, y sin saber por qué, el corazón le empieza a latir con fuerza, cada palpitar amenaza con tirarlo, sus piernas sólo logran caminar por inercia, tiemblan a cada paso, ¿qué está pasando?
Sigue avanzando, entra en la oscuridad de los escalones mal iluminados sin saber qué esperar, sin saber el origen de su miedo.
Un golpe de adrenalina inunda su cuerpo, empieza a subir más rápido las gélidas escaleras, en un impulso dice para sus adentros: “Dios, no” Desconoce lo que pasa, pero aun así teme.
4º piso. A su izquierda una puerta blanca de metal, cerrada. A su derecha su peor miedo se ha vuelto realidad: La puerta de su casa está abierta.
Su rostro está rojo, el resto de su cuerpo helado, tiembla con desenfreno, su corazón palpita con tal fuerza que no puede evitar tocar su pecho con la mano. Camina con lentitud y mueve la puerta para poder pasar, el frío es aun mayor dentro, la fetidez abarca ese lugar que hace unas horas llamaba hogar.
Hay sangre en las paredes escurriendo desde el techo, los muebles están completamente destruidos, el ventanal que da hacia la calle está roto y cristales cubren el suelo de la sala crujiendo a cada cauteloso paso que da su antiguo dueño. Un líquido extraño, viscoso e incoloro, cubre toda la casa. Las joyas, pendientes, oro y objetos electrónicos están tirados en el suelo, cubiertos de esa viscosidad mezclada con sangre de la que alguna vez fue su familia.
Ha recorrido en completo estado de shock cada habitación, los cuartos de sus hermanos, sus padres, el baño, la cocina, la sala comedor, todos los recuerdos han sido mancillados y destruidos en un frenesí de sangre.
Por fin el joven se detiene enfrente del ventanal roto, mira los autos pasar, la gente en su cotidianidad, afuera todo parece normal, afuera la vida continua y él sólo consigue preguntarse: “¿Dónde están los cuerpos?”
sábado, 7 de enero de 2012
Humo.

Temprano se despierta por una tos repentina, bastante seca, siente que tiene una pequeña canica húmeda en su garganta; se queda viendo hacia su blanco y sucio techo, pasa un tiempo así sin moverse, sin pensar, solo mira el techo, enciende un cigarrillo, fuego, exhala.
Su cuerpo es delgado, descuidado, la barba está mal cortada, su aliento huele mal, sus dientes amarillos delatan una mal higiene bucal, sus ojos negros están inyectados de sangre, se rasca una cabeza que está quedándose calva y nada de eso le importa, solo se levanta de su cama por inercia, su habitación huele a encerrado, a humo viejo de cigarro. Hace años que es así, solo un impulso mecánico le hace moverse, caminar e ir al trabajo.
Se baña, otro cigarro, fuego, inhala. Se empieza a vestir mientras ve el televisor, noticias, series, eso no importa, lo importante es callar esa tos que desde hace años no lo deja, solo piensa “Maldito cigarro”
¿Desayuno? ¿A quién le da tiempo de eso? Sale corriendo a trabajar, la gente lo ignora, no es su culpa es que todos corren, el tiempo no alcanza.
Llega a la parada del microbús. Cigarro, fuego, inhala. En sus oídos tiene los audífonos siempre gritándole comerciales, malos chistes y noticias de la radio, no entiende por qué, pero no le gusta el silencio.
Al llegar a su trabajo, se puede sentar tranquilo en su escritorio, escribe sin parar, le pasan documentos, los transcribe, los verifica, ortografía, fechas, todo en correcto orden, es bueno para eso. Continúa escribiendo y casi puede hacerlo sin necesidad de poner atención, le gusta su empleo.
En la hora de la comida, todos se van en pequeños grupos a comer, a platicar, a criticar al que no está presente, él va con un grupo normal, no son amigos, no son extraños, pero se toleran mutuamente y es que han de saber que no es un hombre solitario del todo, como cualquier persona gusta de la compañía, sin embargo el primer contacto es el que teme, una vez intento acercarse a la secretaria que se sentaba enfrente de su escritorio, sin embargo nunca pudo cumplir con su meta, pasaba de largo, solo miraba sus ojos cafés claros hasta que ella le devolvía la mirada y él aterrorizado se enterraba en su monitor, solo encontraba consuelo a su pena con cigarro en mano y una suave sabana de humo envolviéndolo, protegiéndolo de todo contacto. Cigarro, fuego, inhala y todo parecía más relajado, nada parecía tan importante, la realidad misma perdía consistencia.
–Oye, debes revisarte esa tos.
–Sí, muchas gracias, lo haré.
Conversaciones como esa le disgustaban, pero tenía que aceptarlas para no alejarse del grupo que cómodamente había hecho a su alrededor, todos ellos se juntaban para comer, medio platicaban, fumaban y luego se veían hasta el siguiente día. Ese tipo de contacto era el ideal para él.
Sale del trabajo. Cigarro, fuego, tose un poco, inhala. Camina con ese ruido en los oídos, reporte de transito y banalidades de ese estilo “¿qué importa eso cuando siempre hay tráfico?” Pero, nuevamente él no puede estar sin sus audífonos y su viejo radio portátil, le gustaría comprarse un reproductor de mp3 o incluso un Ipod, pero “¿qué música le pondría?”
Llega a su casa al anochecer, en el camino solo mira las caras de las personas sin realmente mirar, no le gusta ver las caras tristes en el microbús, le incomoda mucho ver otros rostros tristes, con él suyo es más que suficiente, cigarro, fuego, inhala.
Hace unos años se pregunto a si mismo ¿estoy triste? No, simplemente está aburrido y con un alivio resignado de un ciego que reconoce a tientas las paredes de su celda, continua inhalando y exhalando humo, cigarro tras cigarro.
Primero se quita el saco, lo avienta; luego continua con la corbata, los zapatos y la camisa, siempre de la misma forma, siempre su ropa va al suelo. Cigarro, fuego, inhala, exhala. Llega a su habitación y enciende la televisión las imágenes ficticitas de un mundo que no es el suyo le hacen compañía, alivian su soledad.
Empieza a toser, primero se tapa la boca sin dejar de ver el televisor, pero cada vez la fuerza es más fuerte, sus pulmones mismos quieren salir de esa prisión de humo que se ha vuelto su cuerpo, con gran esfuerzo los detiene y pone en su lugar, siente algo en la garganta, la pequeña obstrucción que no lo deja, traga saliva para que ese algo vuelva de donde vino, se mira al espejo y ve que su rostro está todavía rojo, tiene lagrimas en los ojos, se limpia los ojos y nota que las lágrimas siguen fluyendo, como un espectador desde el espejo se contempla como no para de llorar, no lo entiende, cómo es que puede ver a ese extraño llorar en el espejo y no sentir nada por él.
Cuando el tipo del espejo calma por fin su sufrimiento, se limpia nuevamente los ojos, cigarro, fuego, inhala y exhala humo que lentamente va subiendo hasta el techo de su habitación. Prepara su cena, la come frente al televisor en una mesita que vio mejores tiempos, sin embargo sus patitas de aluminio y su tabla azul de plástico no ignoran su procedencia de rebaja en un súper mercado. Simplemente la compró porque es funcional, al igual que los pocos muebles que tiene en su pequeña casa, esas paredes donde habita y que parece, a pesar del espacio, tan vacía.
Termina de cenar, cigarro, fuego, exhala, sombras grises salen de su boca con aliento amargo. Es hora del noticiero, le gusta verlo en pijama, listo para dormir en cualquier momento, termina el segundo cigarro desde que terminó de cenar y duerme. Dormir es su hobbie favorito.
Vuelve a amanecer, mira su techo blanco con un leve dolor de pecho. Cigarro, fuego, inhala, se levanta y siente ese aroma acido en su boca, se dirige a su baño “¡mierda!” va a la cocina, abre la llave del agua y llena un vaso, camina nuevamente al baño y le echa agua a una planta triste con las hojas caídas y de un color verde mal sano, que si pudiera hablar no sabría si decir “ya era hora cabrón” o un simple y refrescante “gracias”; deja el vaso a un lado y mientras orina siente que la tos llega, la fuerza violenta de su cuerpo lo dobla, grita, esta vez sus pulmones en verdad quieren salir, pero él los logra detener nuevamente. No puede dejar salir eso de su cuerpo, es lo único que conserva, esa tos y los cigarros. Después de un momento agarrándose el pecho con fuerza, se levanta y continúa con su vida.
Se cambia, cigarro, fuego, inhala, exhala, calle, microbús, ruido en sus oídos, por eso no alcanzo a oír al hombre que entraba gritando al transporte que él usaba, no oyó cuando el ladrón le ordenó que le diera todo lo que tuviera y por mirar al vacio nunca vio como el ladronzuelo lo golpeaba en la cabeza con la culata de su arma. El fumador cae al suelo su cabeza le arde y el shock se extiende por todo su sistema nervioso, lo inunda y solo puede sentir dolor. En ese momento, con el fumador tocándose la cabeza confundido sus defensas bajan, la tos vuelve, ahora más violenta, primero se dobla aun más, en una posición fetal bastante grotesca, llena de dolor, sus manos se agarran el pecho que siente que explotara, escupe saliva, luego saliva mezclada con sangre; el ladrón con la mitad de los pasajeros huyen del bus cuando el fumador empieza a vomitar, pero la tos no disminuye, al contrario, sus pulmones están a punto de salir de su cuerpo y no dejaran escapar está oportunidad. El fumador respira con dificultad, no deja de toser, sus ojos llorosos muestran desesperación, tal vez es el fin, así terminan sus días: con una tos que bloquea su garganta. Hace ruidos salvajes intentando despejar su garganta sin éxito alguno. Su cuerpo no puede y la oscuridad lo abraza, su hobbie favorito es dormir.
–Señor, ¿está bien? ¡Llamen a una ambulancia!
Es lo primero que alcanza a oír, no es ruido, no es vacio, es la voz de otra persona, abre los ojos y observa a la persona que lo sostiene con franca preocupación.
Se inca y como un impulso casi olvidado le sonríe –estoy bien, muchas gracias.
Se oye, asombrado, su voz es diferente, voltea a ver al piso del microbús y su asombro no tiene igual, no ve sus pulmones como hubiera esperado, ve una masa negra, palpitante y moribunda del tamaño de un puño. El fumador la mira y se levanta sin poder quitar la mirada de esa masa negra y toxica que tenía en su cuerpo, que se hospedaba en su pecho, se aleja poco a poco mirando a su antiguo inquilino, sin dejar de mirar se despide de un viejo amigo, se baja corriendo del bus, no le importa las miradas confundidas, ni las groserías del conductor, solo corre.
Siente el aire en su rostro, sus pantalones mojados y sucios de vomito y porquería que venía de su propio cuerpo y no le importa solo continua corriendo, no se da cuenta con el frenesí que ha olvidado su viejo radio, sus oído sienten el alivio del silencio, por primera vez en muchos años o tal vez en toda su vida, el fumador está con él mismo, sin distracción alguna.
Llega a su trabajo, sube las escaleras. Camina despacio, no entiende porque pero quiere disfrutar este momento, siente el palpitar en su pecho, su rostro se pone rojo de pena, aun así continua, la ve como si fuera la primera vez que se pierde en esos ojos cafés claros, respira profundamente y escucha su voz, no la del extraño del espejo, sino su verdadera voz que dice sin temor y emoción:
–Hola ¿quieres almorzar conmigo?
viernes, 7 de octubre de 2011
Camino al Hogar
Basado en un una canción de Enigma.
Olor a incienso que embriaga los sentidos, mirra que se impregna a los cuerpos; vitrales de santos voyeristas que atestiguan el pecado, observan el milagro; satín, sedas y pieles adornan las paredes; arriba candelabros de apariencia antigua iluminan las múltiples habitaciones de la casa, ayudados solo por cirios blancos; en cada habitación hay murales en el techo: Vehuiah, Mitzrael, Caliel vigilan unidimensionales lo que pasa bajo sus pies. Música sacra, música celestial y profana inundan los oídos. Bendita sea la liturgia que lo permite, benditos los devotos, solo tienen una regla: nunca mirar los rostros.
Feligreses danzan entre las habitaciones, entregados a su misión, bendecidos por la pasión, sienten el calor de los cuerpos derritiéndose entre sus dedos mientras unos labios acarician el contorno de su cuello; al otro lado de la habitación una mujer está cubierta por una tela purpurea, su cuerpo es abrazado por la sensualidad, mientras su respiración se estremece, sus labios entre abiertos no quieren dejar salir un suspiro, un leve suspiro que delataría el secreto de la agitación que sus senos perfectos no pueden negar.
Bajo la mirada inerte de Poiel, un hombre vela su esencia con una máscara negra. Deja la danza del ritual y se acerca a una mujer, a pesar de que ella, recostada en unos cojines, mantiene oculta sus facciones tras máscara de blanca luna, el hombre sabe que la ama, es todo lo que siempre buscó. Él extiende la mano y la mujer de Blanca Luna acepta el gesto. El hombre la levanta y rápidamente la pega a su cuerpo, ella lo rodea y acaricia cada musculo de su espalda, sus pies empiezan a moverse entrecruzados en extrema comunión, él no deja de mirar ese rostro inerte, puede ver quien es en realidad, ella no puede dejar de ver a de su amante, por esta noche son el uno para el otro, su refugio, su corazón y su alma por fin completada. El baile continúa mientras sus manos exploran cada centímetro de su cuerpo con extrema devoción. Ella acaricia su pecho y su cabello, él su cuello y sus hombros. La música termina por un momento, todos a su alrededor aplauden mientras van a sentarse en los cojines de los extremos de la habitación o tal vez, se dirigen a probar nuevos reinos; pero no ellos, ellos se quedan fusionados uno al otro, sus miradas atraviesan las mascaras que los cubren, se conocen profundamente; él poco a poco acerca su rostro al de ella, ella inmediatamente responde a los movimientos de su amor. Con extrema delicadeza y belleza sus labios de porcelana se tocan en el beso más tierno que jamás se haya visto desde que caímos del Edén.
Habitación tras habitación es la misma cacofonía de sentimientos, pasión, amor, festín inigualable de éxtasis sagrado. Brazos, labios, piel comulgando con piel, almas trastocadas por su semejante. ¿Cuánto ha pasado? ¿Días? ¿Meses? ¿Años? El tiempo pierde sustancia, no importa, lo único valioso es el sacramento, todos están entregados a un fin mayor.
Se escucha el leve replicar de unas campanas, en cada una de las seis habitaciones, tres hombres y tres mujeres con mascaras doradas se dirigen a los fieles, los hombres con una voz atronadora dicen –por favor pasen a la habitación central, la ceremonia principal esta por empezar. Las mujeres continúan la liturgia con una voz que evoca el hogar perdido –Síganos por favor, es por aquí.
Hombres y mujeres los siguen como a sus profetas, los seguirían por el desierto, hasta el mismo infierno.
Pétalos de rosa caen constantemente ¿de dónde caen? El aroma cubre toda la habitación central. En el techo, un mural muestra un bello amanecer, Nanael sonríe con clemencia lo que sus hermanos caídos buscan hacer.
Mascaras, antifaces, hombres y mujeres vestidos con la piel de Adán y Eva, vestidos con telas finas o disfraces aun más extraños. Todos se ponen cómodos, todos esperan a que entre.
Es una aparición, es una divinidad. La Dama entra en escena vestida completamente de blanco, su rostro muestra una paz absoluta, una nobleza y una belleza vestal sin igual, mira a cada uno de los presentes y puede mirar su corazón, su alma y su esencia misma. Se sube al atrio, justo en medio de la habitación y nadie se atreve a dejar de mirarla, la respiración es contenida.
Todo empieza con un palpitar, luego otro, la piel empieza a vibrar, el roce con el semejante es algo que no se puede ignorar. Y con la Dama mirando al cielo, el techo se agrieta.
Solo la punta de los dedos sobre el cuello, como la pluma de un ángel; su espalda pegada al pecho de otra mujer, con la diestra acaricia el vientre, no necesita tocar más, ella se estremece, siente el calor de su cuerpo junto a ella y ella busca más, desea más.
Ella se rinde ante la sensación, se recuesta en una cama de cojines y pétalos que caen del cielo expectante, su pareja la besa sobre la fina tela purpurea, como solo una mujer pude hacerlo, roza el contorno de sus senos, toca con el aliento sus muslos, mientras que la mujer acostada dobla la espalda, se entrega a su pareja, se entrega a ella en cuerpo y alma.
La Dama no debe mirar, solo observar al cielo expectante, pero su concentración es distraída por una sola pluma que cae con sutil danza en el aire, va bajando la mirada hipnotizada por el vaivén de la materia divina.
Su cabello es tan suave, no puede dejar de tocarlo, su aroma impregna sus sentidos, suave cabello de color de fuego cubriendo accidentalmente el cuello y pecho de su dueña, él toma las manos de ella y con fuerza las sostiene, ella exhala se deja llevar por la sensación de Eucaristía carnal, él voltea de la visión de su cabello y un hombre se acerca, sus labios se fusionan en lo que siempre debió ser.
La Dama baja la mirada: dos mujeres se besan con desenfreno solo separadas por una tela fina, mascara de una, sus manos exploran oscuros secretos que no habían sido develados desde los inicios del tiempo.
A su alrededor todos los feligreses cumplen la comunión, carne separada por el destino es unida por la fuerza del amor, el deseo y la pasión. La Dama observa alrededor, no era su misión mirar, ella era la elegida para la divinidad, sin embargo algo grita en su interior, ruge por salir. Su temperatura empieza a subir, siente su piel ardiendo, toca su rostro para el fuego que llena; mientras ve como dos hombres se entregan a la pasión que nunca se atreverían a defender más allá de la sacristía. Acto tan bello que es negado ante los ojos de los infieles.
No puede dejar de ver la pasión que se desemboca a su alrededor, es imposible dejar de ver, así que no sabe en qué momento dejaron de caer pétalos de rosa. Sin embargo toma en el aire una de las muchas plumas que empiezan a caer.
Con un toque delicado, casi tímido la Dama roza con la pluma divina sus mejillas, las orillas de su nariz, al llegar a la boca abre lentamente la boca y rosa temblorosamente cada centímetro de sus carnosos labios rojos, su lengua toca la punta de la pluma. Sin previo aviso con toda la fuerza de su ser hace la cabeza para atrás, como si una mano invisible la tomara de su cabello, la pluma baja por su fino cuello y la Dama Blanca empieza a moverse a agitarse con leves espasmos de su virginal cuerpo. Sus senos son invadidos por el toque de la pluma que en movimientos circulares los rosa. Y sigue bajando.
El Caballero de la Máscara Negra se mueve entre las manos que lo acarician con reverencia, los besos que le dan, solo importa La Mujer de la Luna Blanca. Ella a su vez lo busca entre todos los feligreses, por cada uno de ellos se deja sentir, con cada uno de ellos comulga de alguna manera, pero eso ya no importa solo importa su caballero de mascara oscura. Ellos se ven, por fin se encuentran y se abrazan, ellos llegaron a la perfecta comunión de la carne, amor y éxtasis. Ella se quita la máscara, quiere ser vista, tal y como es. Él la mira mientras su rostro lleno de tiempo, muestra el pecado original que nos condena a morir. Sin embargo es bañada por una luz dorada proveniente del cielo mismo, proveniente de sus corazones.
–Eres perfecta. –Él se quita la máscara, que muestra una vida dura fuera del templo.
Ella lo mira, mientras son bañados por la luz dorada, ahora más fuerte.
–Eres tal y como siempre te soñé.
Por primera vez sus labios se tocan, pero sus besos, muestran pasión de un amor que siempre existió.
La Dama Blanca, suspira, se explora, exhala con violencia, ha roto sus votos y ha traicionado a todos, pero no importa, ha encontrado la comunión con la pasión. La luz dorada la baña y ella vuelve a voltear al cielo sin dejar de explorar ese desconocido que era su cuerpo.
Las nubes del mural se mueven, se arremolinan y se alejan, la luz dorada es del Sol que ilumina el camino, mientras el Coro contempla esos actos de comunión y amor. El techo ha terminado de romperse y los exiliados de Dios han logrado su cometido. Sus hijos vuelven a casa.
lunes, 23 de mayo de 2011
Reflexión sobre Un Mundo Feliz.
Bienvenidos al Brave New World, bienvenidos al mundo feliz donde todos son plenos, no se conocen las enfermedades, todos están satisfechos.Al empezar a leer la novela de Aldous Huxley tengo que admitir que me vi cautivado por este mundo que nos narra el autor (con la excepción de la predestinación), un mundo de inmediatez, de placeres, de soma. Luego cuando Bernard va a la reserva de los salvajes no puede más que comparar la limpieza, el orden y el placer con la suciedad, lo rustico y el rencor de ese pueblo perdido.
Sin embargo mientras más avanza la novela esa comparación se hace más tangible con mi realidad circundante. Qué es ese Londres hipotético sino una visión de la sociedad moderna. Cierto, no hay predestinación, pero el acondicionamiento social por medio de la televisión, la música y el paradigma están presentes en esta ciudad de México contemporánea; qué es el soma sino una metáfora de los placeres que nos inunda la cultura posmoderna de hiperconsumismo y por los cuales somos controlados. Sin embargo, los paralelismos no terminan ahí, qué diferencia hay entre mi propia vida y la de los Alfa o incluso de los Epsilons.
Y es que el libro fue escrito en 1932, sin embargo puede ser comparado con la sociedad posmoderna en la cual vivimos hoy en día, 80 años después de su publicación.
Para seguir esta línea de pensamiento retomemos la idea de “La felicidad como Soberano Bien” una idea que ya había sido refutada por Voltaire, pero que en la novela “logran” alcanzar. Este Soberano Bien, es la meta de toda la sociedad del Brave New World, la cual se “alcanza” por medio un acondicionamiento, entretenimiento y placer solo controlado por la industria y la funcionabilidad del sujeto y de la sociedad misma. Lo mismo pasa con la sociedad posmoderna donde lo importante es el placer y el disfrute del sujeto, el ocio es el mayor fin y la autosatisfacción la meta a alcanzar, para lograrlo se deben adquirir cosas, siempre poseer “…es mejor consumir que remendar…”
Sin embargo veamos esto con punto crítico ¿en verdad se vive feliz en la sociedad global del Mundo feliz? Lo cierto es que no, Bernard, Lenina, Mustafà Mond, Helmholtz son claros ejemplos de la infelicidad del sujeto en el Mundo Feliz de Huxley a tal grado que Lenina necesita dosis cada vez más fuertes de soma para soportar su existencia. No podemos decir que la felicidad esta en el adormilamiento del sujeto, eso significaría que el borracho es el hombre más feliz sobre la faz de la Tierra cuando se encuentra intoxicado por el alcohol.
De esta forma, la sociedad posmoderna que nos rige, nos inculca alcanzar nuestras metas, alcanzar nuestros sueños y buscar nuestra felicidad, pero también nos da una visión bastante retorcida de la misma, felicidad solo por medio de la posesión: de una pareja, de una casa, de un status; siempre estamos buscando fuera de nosotros lo que nos falta por dentro, es ese vacío el que nos condena a seguir como ciegos en una tierra de sombras. Siempre buscando, siempre anhelando, siempre buscando nuevos estímulos que nos lleven de excitación y al mismo tiempo de adormilamiento.
Solo buscamos placebos, buscamos placeres que nos hagan olvidar ese vacío que llevamos dentro y confundimos placer con felicidad, pero “Pasar continuamente sin interrupción de un placer a otro es también otra quimera…”[1]
Sin embargo, estas reflexiones hacen que me pregunte: ¿existe un nivel más elevado que la felicidad personal? ¿Qué puede ser más importante que el sujeto? ¿La sociedad acaso? ¿La religión? ¿El amor? ¿Algún otro ideal? Cada uno de estos valores ha sido destruido por el pensamiento posmoderno, cada uno carece de valides y ha sido utilizado para las peores villanías, cómo pensar la felicidad si hoy en día el mismo concepto de sujeto esta en tela de juicio.
Pero si lo que aquí se dice es cierto, entonces, ¿qué nos queda? ¿Vivir en la penuria buscando la purificación tal y como lo hizo el Salvaje Jhon? Destruyendo su objeto de deseo ya que era incapaz de amarla y destruyéndose, al final, a si mismo.
Lo que nos queda, nos dice Castoriadis, es buscar nuevas armas, no podemos estar en el completo sufrimiento masoquista porque creemos que el placer es negativo y adormece los sentidos, pero tampoco podemos seguir de quimera en quimera hasta el día de nuestra muerte. Es hora de buscar un nuevo camino, una nueva manera de pensar la felicidad, una forma de pensar el placer sin la culpa o el hedonismo, ese es nuestro camino, al menos el mío.
[1] Voltaire. “De la quimera del soberano bien”

